martes, 22 de julio de 2008

Lunes

¿Acaso aquello que ansío fervientemente, que me desvela y enloquece, que lleva mi mente a lugares fantásticos y paisajes de ensueño; no existe?
Ese lugar, EL lugar. La inmensidad del mar, el rumor de las olas, las voces fugaces que se oyen en el tibio viento otoñal, el armonioso cantar de las aves más hermosas, la majestuosidad del cielo estrellado, mágico, casi irreal.
Pues, me dicen, que esto no existe. ¿Es un sueño, una irrisoria ilusión, un delirio cósmico y aventurado?
Si estos interrogantes han de ser ciertos, entonces prefiero vivir en esa dulce utopía, rendirme ante sus encantos, antes que sucumbir frente a la cruel realidad, entregarme a la vana frivolidad de los hombres, a su dudosa justicia y doble moral, a su inadecuado uso de las palabras. ¡Oh las palabras! ¡Toda la magia que encierran y cuán subestimado -desdeñado, me atrevería a decir- es su poder!


En este mundo todo cruza la barrera hacia lo intrascendente, lo trivial. Es una lástima, verdaderamente.

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